sábado, 8 de junio de 2019

El camino es siempre mejor que la posada




Ortega y Gasset solía atribuirle a Cervantes la frase de “el camino es siempre mejor que la posada”; y esta foto en cuestión representa un poco ello. No es mi idea caer en la literalidad de la expresión con la misma, mas lo que estuvo detrás de esa foto (a parte de mis ojos apreciando su belleza) sí permite entender que entre las dos únicas certezas que tenemos en la vida, esto es que nacemos y morimos, depende de nosotros entender, transformar y disfrutar este interludio que hay entre nacer y morir, y que llamamos vida.

Cada acto, por insignificante que parezca, constituye en sí un camino o proceso que lleva a un resultado o que nos dirige a una dirección. Cada acto puede ser un interludio, a veces incluso más trascendente que su final.

Y ese acto, o gesto vital, puede ser o un gesto de dominio, o un gesto de servidumbre. Ortega lo explicaba incluso con más astucia cuando decía que el gesto servil lo es porque el ser no gravita sobre sí mismo, no está seguro de su propio valer y en todo instante vive comparándose con otros. Necesita de ellos en una u otra forma; necesita de su aprobación para tranquilizarle, cuando no de su benevolencia y su perdón. Por eso el gesto lleva siempre una referencia al prójimo. Servir es llenar nuestra vida de actos que tienen valor sólo porque otro ser los aprueba o aprovecha. Tienen sentido mirados desde la vida de este otro ser, no desde la vida nuestra. Y esta es, en principio, la servidumbre: vivir desde otro, no 'desde sí mismo.

Por otra parte, el estilo de dominio no implica una ganancia per se del objetivo pretendido, o un resultado aplaudible; sino que es el resultado de ejercerse en el momento, en el trayecto, en el acto. Se conforma así mismo, y no requiere más de sí. Es aprender a vivir, cada acto y proceso, desde sí mismo; y la nueva forma de existencia que el destino le propone -servidumbre- le es inconcebible, le sabe a negación del vivir mismo; por lo tanto, es la muerte.

Esta foto la tomé en la carretera, camino a una reunión, pero el camino ya era un acto en sí, que no se desconcentra con el objetivo o la conciencia del deber. La disfruté.

lunes, 11 de marzo de 2019

Estudio sobre el amor


     Santo Tomás define el amor como una dimensión positiva del deseo (en contra posición al odio que se construye como una dimensión negativa del deseo); el amor es el deseo de algo bueno en cuanto bueno. Lorenzo el magnifico lo refería, en la misma línea, pero con fines más estéticos, como “un apetito di bellezza”.

     Sin embargo, el amor, que en sí lleva el deseo hacia lo amado; no se agota sólo en él. Desear algo, es en definitiva, tendencia a la posesión de ese algo o alguien; lo que implica que ese algo o alguien entre a nuestra esfera patrimonial; por lo que el deseo se termina automáticamente cuando el objetivo se consuma; muere al ser satisfecho. Manuel Machado con más estilo decía en su Querer “En tu boca roja y fresca; beso, y mi sed no se apaga (…) Me he enamorado de ti; y es enfermedad tan mala; que ni la muerte la cura”. El amor es un eterno insatisfecho; proyecta deseo, pero no se agota ni cansa con él, por un lado. Por otro lado, el amor nos mueve, a la órbita de lo amado, es un constante movimiento, centrífugo, hacia lo amado.

     El amor, para Ortega y Gasset, no es la alegría que el objeto amado nos proyecta; sino, incluso, y probablemente es cuando mejor se define, cuando sentimos el dolor que proyectan algunas de sus formas. Vivir una vida, buscando un amor que no nos golpee, y dañe; es por definición inalcanzable. De este modo, se construye como esa fuerza centrífuga que eleva y hunde, que abraza y despedaza… Su mejor ponderación, peso y volumen está en el dolor que a veces nos ocasiona. En el amar, abandonamos la quietud y asiento dentro de nosotros, y emigramos virtualmente (no precisa ser físico) hacia el objeto; Y ese constante estar emigrando es estar amando. Despertamos pensándolo, y moviendo nuestra alma en búsqueda del mismo; y cerramos los ojos en él, sobre nuestro lecho, sin precisar su compañía; cuanta idea se ha gastado en el teatro de los pensamientos, aun cuando nadie lo ve consigo!

     Sin embargo, el amor, no es la alegría que se proyecta sobre el objeto o ser amado, ni la pena que pareciera definirlo con tanta profundidad y precisión; tampoco es la desesperación de la ausencia o peligro del objeto o ser que se pretende, ni la emoción de su encuentro. El amor, en parte, es un potenciador del alma, un intensificador de las emociones; nos lleva al éxtasis y al estiércol en velocidades que a veces no logramos siquiera percibir. Es esa adrenalina potenciada la que nos vuelve adictos, es el vertiginoso viaje que asegura su presencia, y que potencia el mar de emociones.

     Y así como es intensidad, se gasta; la emoción química que provoca el otro dura más o menos, pero tiene duración, y en consecuencia, cadencia. Con el tiempo esa intensidad se apaga en la costumbre; y solo aparece en momentos, en suspiros fugases, que recuerdan su presencia, mas no su constancia. Pero con ello no muere el amor. Vencido el plazo, queda algo nuevo que es lo que sentencia la prolongación de su vida o prognosis de su muerte. Ese bastión que nace durante y después de la intensidad es amistad, respeto y complicidad.

     En mi caso particular, parece difícil entender el proceso del amor, desde la amistad a la intensidad. Mientras más frenamos esa intensidad que nos provoca, menos posibilidades tenemos de vivir un buen amor. Cuando comenzamos con lo segundo, esperando sentir esa intensidad después, inconscientemente estamos decidiendo sobre un proceso que no admite razón ni decisión. Uno no decide sentir intensidad, uno no decide sentir; siente o no siente. El resto nace o no nace.

     La sentencia, que culmina la primera fase, proyecta los designios de lo segundo. Cuando está la intensidad, no hay decisión que no parezca razonable, si ella implica la llegada del ser u objeto amado. Mueren las excusas, se invisibilizan los miedos, y entendemos que todas nuestras decisiones, de una y otra forma, apuntan a la cercanía de lo amado. Retener, reprimir, contener eso, es matar cualquier proyección; o evidenciar su inexistencia. Y, sin embargo, el ejercicio ansioso, no es como pudiera parecer, correr a lo amado, sino pensar que lo segundo llega sin la locura de lo primero. Ese amor nace muerto, y amores que mueren nunca matan; porque amores que matan nunca mueren…

     Tampoco es un acto individual; el amor se define en correspondencia. Es un acto que implica necesariamente un otro. Correspondencia, que a su vez, importa una temperatura; pensar amor en el ser amado, no es lo mismo que pensar un concepto matemático o un precepto legal, su presencia y grado de corroboración aumenta y disminuye su temperatura en cuanto al grado de atención y tensión. No es baladí hablar de un amor frío o cálido en el lenguaje pagano. Sentir como abriga y desabriga es una forma de percibirlo y medirlo. Su presencia física no obsta la sensación; con más estilo Luis Ramiro la representa diciendo “la distancia no suele tener importancia si acaba donde empiezan sus pies”.

     Parte de y con uno, porque es parte de uno y en uno comienza. A pesar de la necesaria reciprocidad, no es posible amar al otro sin amarse uno mismo. Cuando el amor propio/la autoestima, se encuentra débil o enfermo, el amor no florece sino sólo una ilusión con perfume de realidad o necesidad enfermiza e infantil de amor a través de ojos ajenos.

lunes, 4 de marzo de 2019

Distancia



A veces, el mundo se percibe mejor cuando tomamos distancia. La ansiedad de los laberintos, la frustración de no poder movernos de un lugar a otro, el cansancio que implica pensar que cada ruta debe tener una explicación y motivo y así no caer en el prejuicio e intolerancia más propia que ajena... todo desaparece cuando sientes en altura.

La levedad de cada segundo de contemplación se combina con la fuerza de la imagen dentro; pasado y futuro se despojan de sus emociones y se tornan imágenes envueltas de este presente frágil e inexorable; en estas nubes densas que se desarman con el viento; en ese cielo que no soporta un mismo color; y en esas montañas cuya presencia abraza a la mía con fría indiferencia.



sábado, 9 de febrero de 2019

Desadaptaddo

Si crees que vivo fuera de tono; puede que algo de pena me dé la situación. No todos tenemos el privilegio de contar con la innata capacidad de aferrarnos a la estética social, sacrificando nuestras emociones; vivo con lo que Dios me dio, y lo que a golpe y sudor pude mejorar.

Si piensas que mis actos vitales son contrarios al decoro, narrativa y expectativa social… quizás esté mintiendo, pero te replico: vivo una vida instintiva, noble y natural; porque hay algo que, al parecer, no tienes presente en tu mirar y condenar: y es que los desadaptados, también tenemos un corazón. No puedo negarme a amar en la forma que amo, por no estar a la altura del protocolo ornamental del mundo; esto es lo mejor que puedo apostar.

Tú con todo tu talento olvidaste lo principal: y es que quienes somos desadaptados, también tenemos un pecho que pulsa... que pulsa un emocionado, un desgarrado, un desvalido… pero siempre pulsa… pulsa un corazón.

domingo, 15 de julio de 2018

Natales


Natales, Chile.
5 de mayo de 2018 


     La intimidad que revela una fotografía con sus luces, sombras y colores; es esa sutileza del alma que denuncia nuestro estado más frágil al entorno y la naturaleza que la rodea; ponerse detrás de una fotografía, no es lo mismo que ponerse delante; mirarse es, generalmente, mirar lo que uno observa; aterrizar el mundo de los ojos en esa mezcla de colores y emociones que la embargan. Es la infancia, es la ruta a lo desconocido, es la nostalgia de momentos y sensaciones dejadas en el ático de los recuerdos. 

     Detrás de cada imagen detenida, está el reencuentro con lo atávico, con lo sempiterno, con el dulce agraz de nuestras luces y sombras proyectadas en los colores; esa pizca de nuestra esencia que se fragmenta en momentos congelados y que toma movimiento en las emociones que la evocan en cada mirada.

     Natales, es la muestra de lo poco que me cuesta ser libre, de lo mucho que rinde no hacer caso al paso seguro, de que las mejores excusas son siempre las peores y de que el mundo brilla cuando aprendemos a decidir con el instinto y ejecutar con la razón (no al revés…).

     En cada imagen proyectada a ese viaje, a ese ímpetu a lo desconocido, me encuentro siempre con lo mismo: con lo más básico, sencillo, y amable de mis formas. En todo lo que no conozco, aparezco yo en mi mejor ciencia, en mis emociones más íntimas, en el irrestricto respeto que me evoca lo noble y lo instintivo.

     Detrás de cada imagen, retenida por el foco de esta tecnología, aparezco yo viéndola y sintiéndola… no tengo que ponerme enfrente para revelarme.  

Let it be...



Carmen:

“Cuando me encuentro en tiempos tormentosos, madre Mary viene a mí, susurrando palabras de sabiduría: déjalo ser… y en mis horas más oscuras ella está parada justo enfrente mío diciendo palabras de sabiduría: let it be…”.

En 1970 Paul McCartney compuso este tremendo tema a partir de un sueño en donde su madre Mary, en un época turbulenta para él, se le apareció en un sueño, muy reconfortada, "bien" y diciéndole: “todo va estar bien”… “Let it be”…

Los Beatles, en general, suelen aparecer en distintos e importantes momentos de mi historia con un tema que, si bien pude escuchar mil veces antes, cobra un sentido especial en momentos especiales.

Let it be, es el tema de los 10 años de ese aniversario de vida y muerte de madre Carmen; quien a veces aparece en mis sueños, reconfortada, sin dolor, sin lágrimas; y dándome a entender eso… let it be… No hay día en que no la tenga en mi mente y en el corazón, bien ubicada; en la mejor zona de su humor, en lo más alto de sus carcajadas, en el amor a los amigos y la familia; afortunadamente no hay pena en mi vida que no se vuelva flor y no hay flor en mi día que no evoque, en alguna forma, su sempiterna presencia.

No te puedo recordar, no te puedo olvidar, no te puedo dividir... porque a estas alturas, y con 10 años que parecen un día, te siento parte de mí, atada a lo más íntimo de mis gestos. No hay día en que piense, sienta y compruebe que mis mejores formas, siempre serán tu más sana presencia.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Historia del pescador

Viña del mar. Noviembre 2017

   Dentro de las cosas banales del día a día, y que marcaron mi estadía en Noruega, estaba la repetida escena de ir al baño de la casa y disfrutar del inevitable ejercicio de contemplación que tales prácticas conllevan; a diferencia de Chile en donde la práctica normal es leer cuanta instrucción, componentes y elaboración en frascos de shampoo o jabón exista a la mano; en Noruega la estancia de baño estaba lleno de pequeños cuadros con pequeños pergaminos con historias. Para quien está enfrentándose a esa lengua, tan inhóspita y lejana, el ejercicio de leer dichos pergaminos constituía parte de la dinámica diaria y necesaria de contemplación reflexiva, propia de aquellos espacios tan pequeños.

   Fue ahí que me encontré con un pergamino colgado en el muro, y que leía diariamente hasta mi último día en dichas tierras, y que hablaba de un pescador portugués y un hombre de negocios. La historia consistía básicamente en lo siguiente: Un día en la playa a las 11 de la mañana estaba un pescador portugués tomando sol; en ese momento se acerca un hombre de negocios, quien lo ve plácidamente instalado sobre la arena y le pregunta por qué estaba tan temprano en la playa; y el pescador le responde que hoy se levantó temprano a pescar y la pesca estuvo tan buena que llenó la cuota del día de peces en muy poco tiempo, por lo que vino a la playa a disfrutar del sol.

   Un poco consternado, el hombre de negocios, lo mira y le pregunta: - pero ¿por qué no seguiste pescando si la pesca estaba tan buena el día de hoy? A lo que el pescador le responde: - Y ¿por qué iba yo hacer eso? El hombre, ahora un poco más vehemente, le dice: - pues si aprovechas la buena pesca para pescar más, tendrás más dinero en tus bolsillos. Y el pescador volvió a replicarle: - Y ¿por qué habría de querer eso? El hombre, poniéndose de pie, le responde: - Porque de esa forma podrías ahorrar y comprar otro bote y así tener un empleado y ganar el doble de lo que ganas ahora. Ante esa afirmación le responde el pescador sin inmutarse: - Y ¿para qué querría yo eso? El hombre, cada vez con más energías, le responde: - Porque de esa forma, podrías tener aún más dinero, ahorrar más y comprar más botes y eventualmente tener más personas que trabajen para ti y de esa forma no tendrías que trabajar más; y podrías, cuando quisieras, ir a la playa a tomar todo el sol que quieras. Ante esa respuesta el pescador gira la cabeza y lo mira para decirle: - Estoy en la playa tomando todo el sol que quiero.


   A veces pienso que complicamos nuestros propios estados de bienestar o decidimos tomar caminos más largos para mantener lo que podemos tener en ese minuto; el presente es el futuro. Este es el síntoma de pensar demasiado las cosas, y mirar para adelante en vez de mirarse en ese momento. Siempre he sentido que la felicidad es un músculo, y que hay dos formas de vivir en torno a ese músculo: una es pensando en hacer cosas y preparar situaciones futuras para entrenarlo y no entrenarlo; y la otra es salir, no pensar y entrenar. Cada vez que pienso que para ser feliz tengo que lograr o tener algo, no logro encontrar el modo. Por lo general escucho gente decirme que la felicidad son momentos, pero de verdad creo y sé que puede llegar a ser un estado; es cosa de escucharse y no pensar; fluir, pero fluir con uno.