jueves, 21 de junio de 2012

Luz y sombra

 (Foto tomada a la salida de la Ligua. Camino a Viña del Mar)

Desde hace tiempo que me hallo convencido de que las formas que toman las sombras y las luces en cualquier imagen, son las que determinan su sentido y belleza. No son tanto las líneas o colores del objeto, contenido en ella, los que resaltan sus cualidades; sino más bien (a mí parecer) es el singular juego que puede darse entre su luz y obscuridad, el que da vida y belleza a cualquier objeto.

El enunciado anterior ha calado tan profundo en mis ideas y opiniones que siento que la belleza, propia y de los objetos, no podría concebirse (o apreciarse como tal) si no se incluye en sus agraciados modos una convención entre luz y obscuridad. Es dicha mezcla la que encanta y envuelve.

Si entendemos que la luz no existe sin sombras o matices, ni viceversa; el hecho de construir una belleza sólo con luz, excluyendo u ocultando su obscuridad, resulta un ejercicio de necios.

En el último tiempo, esta idea que, en mis sienes, solo se circunscribía a la técnica de las imágenes fotográficas o fílmicas, se ha abierto a ámbitos más deliciosos de la vida; en buena medida, a partir de las siguientes reflexiones:
“La historia de la Medicina nos enseña que no consiste tanto el progreso en expulsar de nosotros los gérmenes de las enfermedades mismas, cuanto en acomodarlas a nuestro organismo, enriqueciéndolo tal vez, en macerarlas en nuestra sangre. ¿Qué otra cosa significan la vacunación y los sueros todos, qué otra cosa la inmunización por el transcurso del tiempo?” Miguel de Unamuno en “Del sentimiento trágico de la vida”

“Encontré entonces en mí —y aun ahora lo hallo— un instinto que me llevaba hacia una vida más alta o espiritual, según suele decirse, como lo tiene la mayoría de los hombres, y otro instinto que me llevaba hacia un nivel primitivo y salvaje; y guardo respeto por ambos” Henry D. Thoreau en “La vida en Walden”

Creo que la construcción estética de nuestras formas diarias de vida se determina por cómo podemos enlazar nuestra luz y obscuridad sobre ellas; y, en consecuencia, su belleza pende de la capacidad que tengamos para mostrar nuestras luces y sombras en armoniosas conjugaciones. Pretender mucha luz encandila; procurar mucha obscuridad ciega… Es el juego entre ambas lo que nos permite que la imagen que, se encuentra de fondo (nosotros), se perciba bella en este mundo.

viernes, 11 de mayo de 2012

3x1. La guerra de Galio




Una de las cosas que indefectiblemente me maravilla al recibir un libro como regalo, es que siempre éste último se multiplica por tres. Primero en cuanto a regalo "con materialidad de libro"; podrá sonar superficial, pero me encantan mis estantes llenos de libros, mientras más libros veo y tengo, más colores percibo y la imagen asemeja, en mis mientes, a un arcoíris puertas adentro.
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Segundo; el contenido que cada obra representa. Si con los colores en su conjunto percibo la magia del arcoíris en mi dormitorio, con su contenido encuentro siempre más y más posibilidades de mundos para entregarle a mi vida y a mis formas; posibilidades para sanar, para conquistar y conquistarme, para  crecer, para opinar, para enojarme, reír y resolverme. Todo al alcance de mi mano y en la comodidad de mi silla.
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Tercero; cada encuentro con alguna frase o reflexión, que logra moldear la atmósfera que observo y respiro, me obliga a agradecer el regalo, me obliga a inmortalizar el momento en que lo recibí (que suele ser por naturaleza un buen momento), me obliga a sentirme recordado, y eso me hace inmensamente feliz.
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Dado que el examen de grado ocupa casi todo el espacio de lectura que le doy a mis ojos, este libro sólo lo leo cuando me subo a un bus. Haciendo así, de esos viajes largos (que podrían ser eternos y infecundos) una maravilla.
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Les comparto dos reflexiones de “La guerra de Galio” de Héctor Aguilar Camín; un gran regalo de cumpleaños (uno de los mejores) y que por estas semanas ha acompañado y colmado de ejemplos los tres puntos enunciados arriba:
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"La civilización nos ha apartado del origen de nuestras pulsiones. Ha fragmentado nuestra experiencia, ha pulido nuestros modales y segregado de nuestra vista las cuestiones centrales: el amor, la violencia, la muerte. Hemos construido cuartos privados para los amantes, lugares secretos para morir y hemos echado un velo institucional sobre el origen de nuestra paz, que no es otro que la violencia ejercida contra los que la ponen en peligro: los locos, los criminales, los disidentes..."
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“Pues así como todos comen la carne limpia, cuyo proceso de matanza y destazamiento no soportarían ver, los que comemos del filete público de la paz nos rehusamos a mirar el proceso de matanza y destazamiento que la produce. (...) todos comen el filete de la tranquilidad pública que otros garantizan destazando, metiendo cuchillos en la sombra. Ése es el rastro que yo quiero ver…”

jueves, 10 de mayo de 2012

¿Dónde rayos me encuentro?





Sábado, 7:45 hrs.
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Mi hermana me relata, con un entusiasmo único, uno de los cuentos más interesantes que he escuchado en el último tiempo; “¿Dónde rayos me encuentro?”. Y ahí me encontraba yo, entre el hecho de que el contenido de la narración en sí era formidable, y la forma que tenía Catalina de contarlo era aún mejor; llenando, con más vida, a través de sus palabras, las formas de mi mente.
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Fue tal la impresión provocada, que me vi en la necesidad de buscar la jácara e incorporarla a mis pensamientos en forma autónoma y más pausada.
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¿Se imagina lo que es levantarse en la mañana y no encontrarse? ¿Buscar por todos lados y no hallarse? ¿Preguntar a quienes lo conocen, o pueden conocer, si lo han visto, y si pueden ayudarlo a encontrarse? ¿Mirar hacia atrás, hacia al lado, y hacia el frente con el fin de encontrarse, y no poder hallarse? ¿Qué debo mirar para encontrarme? ¿Qué encuentro cuando creo que me encuentro? ¿Qué hago cuando no me encuentro? No sé si fue por el aire matutino, pero fue una mañana llena de preguntas a partir del relato.
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Este cuento fue un regalo de 7:45 hrs. (prueba de que las mañanas son más inteligentes y provechosas para el espíritu), junto con la idea que me cedió mi hermana de 9 añitos en cuanto a sus inmejorables capacidades de regalar imágenes con palabras, y de esa exquisita capacidad, al igual que todos en la casa, de entusiasmarse con las letras y el conocimiento (mientras escuchamos felices a Selena Gómez en radio Disney).
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¿Dónde rayos me encuentro?
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Texto: Fabián Sevilla
Imagen:
Marisa Cuello
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Esa mañana, Anselmo fue a peinarse frente al espejo y… ¡no se encontró! Desesperado, empezó a buscarse por todas partes.
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Miró con ojos de plato playo, pero seguía sin verse. Luego, miró con ojos de chinito, y seguía sin aparecer.

Desesperó.
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Se buscó en un bolsillo: pelusas, tres monedas y dos caramelos de menta apolillados. Él, no estaba.
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—¿Dónde estaré? —se preguntó.
Revisó la cama: bajo la almohada, entre las sábanas, junto al “osito de dormir abrazado”. Tampoco.
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—¿Adónde rayos me habré metido? —se reprochó.
Se buscó en la cocina: dentro de las ollas, en la alacena —especialmente entre los fideos y la yerba— y en la heladera, donde halló hasta una papa que había sacado flores. Lo que era él, naranja.
Luego de auscultar con lupa y linterna cada rincón de su casa, llamó por teléfono a su mamá.
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—Mami, ¿hoy me viste?
—No, nene, aún no.
—Yo tampoco. Luego te explico —y cortó.
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Hizo decenas de llamadas similares a decenas de amigos, conocidos y compañeros de trabajo. Recibió decenas de respuestas como la de su mamá. Incluso se llamó a él mismo, y él mismo se respondió que aún no se había visto.
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—¿Qué se debe hacer cuando uno no se encuentra? —gritó ya en el umbral del pánico.
Ahí nomás fue a la Oficina de Objetos Perdidos de la otra cuadra. Le dijeron que tenían llaves, celulares, billeteras, suegras, perritos, pero a él no lo habían encontrado.
Buscó los servicios de un detective privado, de ésos que encuentran personas desaparecidas o descubren esposos infieles.
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—Fui a mirarme al espejo y no estaba —le contó angustiadísimo al investigador.
—¿El espejo o usted? –preguntó el sabueso, dispuesto a anotarlo todo en una libretita.
—Usted… Digo, yo.
—¿Y dónde estaba?
—¿El espejo o yo?
—El espejo —respondió el detective mientras lamía un chupetín como había visto hacer a un colega en una serie de televisión.
—En el baño. ¡Debe encontrarme urgentemente! El baño está por el pasillo, primera puerta a la derecha.
Hacia allá se dirigió el detective. Volvió seis minutos después.
—Ya lo encontré —dijo con una seguridad admirable.
—¿A mí?
—No, al espejo.
—¡Chocolate por la noticia! —gritó Anselmo. Y al ver que el otro se quedaba en silencio como dieciséis minutos seguidos, agregó—: ¿Y? ¿Qué espera?
—Que me dé el chocolate por la noticia que tengo para usted.
Anselmo debió salir, comprar un chocolate y volver. Sólo entonces, el otro le comunicó:
—Usted está. Pero no se encuentra en el espejo, porque está descompuesto.
—¿El espejo o yo?
—El espejo, señor. Parece que lo ha estado usando mucho y eso le causó algún desperfecto. Antes de que me pregunte: al espejo, no a usted. Por esas casualidades, ¿es usted muy coqueto?
Anselmo se puso rojo calamar.
—Y… sí —confesó—. Con decirle que voy a la peluquería a hacerme lavar, cortar y peinar las pestañas.
—¡Con razón se le desarregló! Tenga en cuenta que el uso en exceso afecta a los espejos, como a los televisores o los zoquetes.
—Mi coquetería me jugó en contra —debió aceptar Anselmo haciendo un puchero para no largarse a llorar.
—Pero no sufra. Aquí tiene. Es un excelente arreglador de espejos —comentó el detective mientras le pasaba una tarjetita platinada.
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Anselmo le pagó por la pesquisa y ahí nomás llamó al service. En media hora, el técnico estuvo en su baño.
Luego de mirar, medir, oler, golpetear, tomarle la temperatura, el pulso y la fiebre al espejo, se puso a arreglarlo. Era un experto, se notaba.
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Al rato, dijo:
—Ya está. Pruebe.
Anselmo, ansioso como quinceañera enamorada, se paró frente al espejo y… ¡por fin se vio!
—¡Me encontré! Mire, ahí estoy. Me encontré —festejaba abrazando al técnico, que le cobró bien caro. Por el arreglo, no por dejarse abrazar.
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Igualmente, Anselmo no se quejó por la tarifa: no hay nada mejor que hallarse a uno mismo, sobre todo, luego de horas de estar perdido.
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Y guardó la tarjetita, que mucho le sirvió aquella otra vez, cuando se fue a mirar y su reflejo ¡salía en blanco y negro!
—Ay, los japoneses serán unos capos haciendo aparatitos, pero debí haber comprado un espejo de industria nacional —se criticó.
Y otra vez llamó al arreglador de espejos. Verse en blanco y negro lo deprimía.

viernes, 4 de mayo de 2012

Condenan a los principales diarios chilenos por su complicidad con los crímenes de la dictadura



"Condenan a los principales diarios chilenos por su complicidad con los crímenes de la dictadura"

http://www.webislam.com/noticias/45885-condenan_a_los_principales_diarios_chilenos_por_su_complicidad_con_los_crimenes_.html

Encontré notable el artículo, y un acertadísimo gesto político de condena.
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Creo que la condena nos anuncia un tema poco trabajado en el consciente histórico; la labor del periodismo en el pernicioso manejo de la información por los controladores de los "mass media". 
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Lo que sí, el enunciado “El periodismo y los periodistas deben estar al servicio de la verdad” me parece sumamente inquisidor y de épocas ya superadas. Me conformo con el Derecho a la información y que cada uno forje sus verdades (dos cosas distintas... y no tenemos porque ceder en el lenguaje!).
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Da para pensar también cuánto heredero de esas formas queda en el sistema. Sin embargo, la condena de conductas pasadas permite sobreponer un valor presente que, al menos en mi mente, no consideraba tan vigente, en personas dedicadas al periodismo, a la hora de medir actos imperativos (el deber de informar). Creo que con esto plantean una buena opción al mundo y levantan un buen referente periodístico.
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Si no fuera por Internet y Facebook, mi reflexión no existiría, como tal, en mi cabeza ahora. Gracias Gates y Zuckerberg por dar pie al declive de los grupos hegemónicos que controlan el (antes) maldito cuarto poder!.

jueves, 19 de abril de 2012

Día por medio...




Un momento en que nadie te obliga a salir abrigado si hace frio, en donde no es necesario llevar dinero para todas las eventualidades, ni preocuparse demasiado por vestirse bien; nadie reclama si te atrasas o te apuras demasiado; nadie te pide que te quedes o te vayas. Un momento en donde el tiempo desaparece junto con la obligación de mantenerse en un solo lugar por más de dos segundos.
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Eso sí, hay un compromiso requerido por el cuerpo y que uno acepta gustosamente resignado; ir a tu ritmo.
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No es solo por cuidarse, o abrirse a la posibilidad de comer (canchear) sin remordimientos, o competir con el mundo, o mirarse y sentirse definido; es, por sobre todas las cosas, por ese mar de buenas conclusiones, quizás las más honestas que trazo en el día, que marchan con mis ritmos, los definen y acicalan; y de paso, mejoran el arsenal de ideas para mis batallas personales.

No es ni antes, ni durante, sino después… Pasado un minuto desde que me detengo, atacan e invaden mi mente por orden de importancia; a veces en forma de cuentos, otras, en imágenes, canciones, o diálogos que dan igual.
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Éstos llegan apurados; como si, yo escapando, hubiera avanzado más rápido que ellos y, solo al detenerme, me alcanzasen en un gesto que asemeja al de un desesperado que corre detrás de algo tratando de tomarlo con una mano (como si cuerpo y alma se fueran en ello). Siempre llega primero el más importante, aquel que debo tener presente, y que a veces confundo en el océano de mí impacientada imaginación que lo quiere todo.
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Aquí presento el último diálogo que me atacó, luego de haber dedicado un momento del día a mis ya teatrales escapadas.
      -          ¿Qué harías si te cortan una mano?
      -           Haría malabarismo sólo con la otra.
      -          ¡Pero a ti nunca te ha interesado el malabarismo! ¿por qué aprender así?
     -          No es malabarismo lo quiero enseñarme, sino el hecho de que las buenas excusas para eximirme de hacer algo no son más que eso; buenas excusas… y, no hay nada peor que confundir mis impedimentos físicos con impedimentos mentales.

sábado, 14 de enero de 2012

Barney's Version



Hace un par de semanas, en el Cine arte, vi una película notable; “El mundo según Barney” (Barney's Version o La versione di Barney) del director Richard J. Lewis, quien hasta ese momento, salvo una película menor, dirigía series de televisión como CSI Miami. Para más información técnica vean FilmAffinity o Wikipedia.  
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La película tiene cuatro méritos que a mi parecer la hacen imprescindible. Deberían, quizás, ver la película antes de leer esto, pero si calculan que en el corto tiempo no la van a descargar y les da lo mismo el spoiler; be my guest.
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El primer gran mérito que se rescata de este film, se da en que, en más de una ocasión, la música que se oye es Leonard Cohen en sus mejores temas. Para quienes aún no conocen a este insigne personaje de la música; Cohen, a mi parecer, simboliza en su melodía una plañidera melancolía interior que podría representarse en la imagen de un cuarto semi oscuro con una leve iluminación roja, paredes verde musgo con líneas negras, un whisky sin hielo, un cigarro posando en una mano cansada sobre una mesa que se hunde en su espesa neblina de nicotina y dos ojos rojos perdidos en el tiempo… If you want a lover, I'll do anything you ask me to, and if you want another kind of love, i'll wear a mask for you... 
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Por muy miserable que parezca dicha descripción, el poder representarla melódicamente, nos guste o no, requiere de una maestría única y el poder armonizar ciertas escenas de dicha película con el estilo único de Cohen constituye, según yo, un primer gran mérito… Ya con esto vale la pena mirar el film.
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El Segundo mérito dice relación con dos personajes de la filmación. De menor a mayor importancia debería destacar la presencia de Paul Giamatti cuyo único film en que lo había visto como protagonista fue en “American splendor” (buen film) y vale concluir que le vienen bien los papeles de inmundicia humana.  El segundo grande, que tiene en realidad un papel segundario, es Dustin Hoffman que para mí es siempre el héroe de todas las películas en que lo veo. No tiene papeles humorísticos, pero según yo ¡tiene un humor insuperable! (quizás fui el único en cine que se reía con gusto y a carcajadas con él [lo bueno es que fuera de mi acompañante, que está habituada a esos arranques míos, habían tres parejas de ancianos; quienes, asumo, no deben acordarse ni de la película a estas alturas]).
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El tercer mérito dice relación con su trama llena de simbolismo en donde nada, o muy poco, fue dejado al azar. La cantidad de detalles que se aprecia entre la historia y las formas de los personajes era exquisita, obliga a verla por segunda, tercera y cuarta vez a fin de ir asociando todos los puntos. 
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Y el cuarto mérito, en estrecha relación con el punto anterior, fue la ilustración de una conducta en la que, creo, uno suele incurrir con cierta frecuencia; me refiero a aquella de hacerse daño inconsciente cuando se está inseguro, en un estado de temor, o cuando el actuar propio no se apega a los valores éticos que yacen en su intimidad, en fin, cuando existe un desfase entre el espíritu y el obrar. ¿Han visto aquellas personas que se comen las uñas cuando están tensas, ansiosas, preocupadas tristes? ¿Han visto a aquellas personas que se arrancan cueros de los labios o manos en los mismos estados? ¿Han visto personas que comen sin necesidad solo por estar preocupados, o fuman como condenados al hecho? Creo que todas esas conductas exteriores de una Y otra forma simbolizan el flagelo personal que nos irrogamos cuando no hacemos lo que queremos hacer, y, aun más, cuando nos inventamos la mejor de las excusas para ¡no hacerlo! (es raro, pero uno sufre, quizás secretamente, cuando la excusa para no hacer algo bien, o que se quiere, es demasiado buena… piénselo).
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Ahora bien, ese cariz externo que les comento (comerse partes del cuerpo o mutilarse en pequeñas dosis [porque eso es]) constituye una de las tantas formas de castigarse, en especial, si tomamos en consideración que la conducta autodestructiva (y de auto retribución por faltas personales) puede tomar un sinnúmero de direcciones, por ejemplo: ¿Se ha visto alguna vez tomando una decisión real, pero realmente estúpida y que, por lo demás, no quiere para sí, pero la toma sólo porque siente miedo o rabia por un hecho? En este segundo ámbito se radican varias de las decisiones y situaciones que se ven en la película ¡con geniales ilustraciones! 
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Creo que el film, fuera de entretener a más no poder, da pie para verse y comprenderse en el mundo, para entender que el stress, que el agobio y que los problemas son penas y/o castigos que nosotros mismos, sin ayuda de nadie, nos imponemos ¿Por qué? ¿Quién elige el castigo? ¿Quién los ejecuta?
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Creo que uno siempre tiene dos opciones: dejarse sufrir y esperar a que la tormenta pase (cumplir la pena); o aprender a bailar bajo la lluvia… 

martes, 20 de diciembre de 2011

Carta y poesía




Hay gente que goza escribiendo poesía, en especial aquí (Chile). En lo personal, nunca he sentido el ánimo de intentarlo; en cambio mi fruición, a más no poder, se da escribiendo cartas. 

En el último tiempo descubrí que la poesía que vive en el resto, es la carta que me escribo y que le escribo al mundo; que la emoción contenida en verso es para mí la emoción hallada en cada línea epistolar. 

No sé si es su realidad e intrínseca cercanía con el alma, la que me enamora; o una mezcla entre esperanza y ansiedad propias de la puericia remanente e irreductible, que se guarda y manifiesta siempre en el hecho y ánimo de una respuesta; o bien, el carácter singular que evidencia una carta contra el ánimo universal contenido en el verso poético; a veces siento que puede ser el compromiso sentimental que cada postal lleva en sus palabras una vez que se despacha. En fin, quizás sea otra cosa, o todo a la vez; lo que sí sé es que resulta insoslayable para la expresión de mi espíritu en su dimensión emotiva.

Suelo verme en dos contextos al confeccionar una postal: 

a) El primero, sujetando mi emoción o estado a la punta de un verbo objetivo. El cual no admite mayor análisis.
b) El segundo, se fragua en el acontecimiento que antecede una separación personal (física, temporal, sentimental, etc.) con esa emoción subyugada a cualquier forma (experiencia, aspiración en sueño, imagen, etc.) en una suerte de dicotomía casi esquizofrénica; en otras palabras: escribir una carta es un acto personal que implica estar alejado del objeto/sujeto que la provoca. Sin perjuicio de que en mi último tiempo he abrazado, cada vez con más fuerza, la idea de que las emociones van más allá de las figuras que creemos las llenan, pues estas últimas se aprestan siempre a ser más transitorias e imaginarias (por mucho que las ilustremos con la realidad) que las primeras. En términos menos abstractos, equivaldría a decir que las emociones de un individuo no se justifican por el entorno que lo condiciona (cosas/personas), sino por el estado o ánimo que hace de binóculo del mundo que lo acompaña.

En fin, aquí va una carta; mi mejor intento de poesía y de ilustrar lo que mencionaba antes, es decir, la relación del objeto encerrado en la imagen que se relata, ante su palmaria prescindencia de las verdaderas emociones que se esconden. Lo que se leerá pretende un conato en la creación de dos sensaciones que hallo exquisitas y necesarias para el buen vivir/amar (se/te/les [en ese orden]); coordinación y complicidad.

He tenido unos días en los que siento me falta tiempo para terminar todo lo que me propongo hacer. Parte de esas propuestas es sentarme tranquilamente y canalizar en palabras, versos y melodías todo lo que durante mi jornada me nace contarte.

Siento que de una Y otra forma, cada acontecimiento -sea externo, sea del mundo de mis ideas- constituye algo que: o quiero, o no quiero contarte. Es extraño, pero de una y otra forma converso “con(m/t)igo” todo el día, preparo lo que quiero decir y lo guardo para algún momento de tranquilidad. Sin embargo, creo que, por mucho que guarde celosamente esta instancia de pretender contarte cosas o hacerte preguntas, lo que de verdad añoro es terminar mi jornada a las 20:30 hrs., abrir la puerta de mi dormitorio y encontrarte ahí; compartirme contigo desde lo animal hasta lo dulce, amar hasta el cansancio del cuerpo y luego bajar contigo las escaleras, cortar la mitad de una chirimoya, sacar ocho hielos, cuatro cucharadas de pulpa del mismo fruto, un cuarto de plátano y cuatro cucharadas de azúcar flor para tomar, un jugo natural de chirimoya con plátano (probablemente el más exquisito que te puedas imaginar) en el techo de mi pieza, que promete una vista hermosa al mar y las estrellas. Sacar la guitarra y mostrarte las canciones que aprendo todos los días, y tocar contigo las canciones que hemos aprendido; y reír, reír y reír; hacer una madrugada completa de nosotros, con forma de nosotros, con olor a nosotros, con sabor a nosotros… y reír, reír, reír, y reír; porque siempre, quiéralo o no, contigo es distinto, contigo siempre es distinto... 

Tenía pensado escribir otra cosa, pero desde la segunda línea del párrafo anterior en adelante la historia cambió el rumbo... Porque sí, porque contigo siempre es así... Hay una reflexión de Thoreau en su libro sobre la vida en Walden que me encanta y que tenía en mente mientras escribía el aparte anterior, dice así: "percibí entonces en mí un instinto hacia una vida más elevada, o espiritual como suele decirse, como sucede en la mayoría de los hombres, y otro instinto hacia un nivel primitivo y salvaje, y siento el mismo respeto tanto por uno, como por el otro...” 

Habiendo en mente esa reflexión, y el párrafo anterior a ella, puedo concluirte en lo siguiente: De una Y otra forma eres esa exquisita mezcla entre lo brutal y lo divino, entre lo carnal y aquello que precede lo melódico, una mezcla perfecta entre lo más dulce y tierno del amor y la bestial lujuria... En fin… quisiera abrir la puerta de mi dormitorio y encontrarte ahí... En esa mezcla perfecta que provocas.